lunes, noviembre 23, 2009

Algo

-Disculpá, ¿te molesta si caigo muerto acá?

-Salí, ¿no ves que me das mala imagen?
-Disculpe, no quise molestarlo... -sigue caminando cabisbajo arrastrando la botamanga del pantalón-.
Algunos pies caminan rápido, tan rápido que no ven que el corazón les grita que paren, que los semáforos les ponen marcas de stop, que no se dan cuenta que de esa paloma gris-ciudad les cagó el tapado al vuelo. El pedacito de bolsa se chocó contra el tapado cagado e hizo dos giros veritiginosos entre el aire sobrecargado de agua que hoy regala Buenos Aires y se choca con la rodilla huesuda del pantalón semi verde, semi gris desteñido y muy usado y una mano con pelos en los dedos la quita y se entrega a sí misma a la intersección con otros cinco dedos, sin pelos estos, con uñas muy rojas y muy cuadradas y tal vez filosas y cuando esos dedos se abren para dejar pasar la pollera se impone y le cuenta a las medias dispares que quisiera ser invitada a cenar esta noche porque la lluvia (casi nombro a la lluvia de verdad, esa que hace ruido a jota) y avanza la pollera con paso audaz, rápido como si llevara tacones, qué tontería, pollera con tacones.A mí me gusta cuando los pies caminan chistoso, como dando un salticadito antes de apoyar definitivamente el talón, en el momento preciso en que el otro pie se dispone a ganarle la carrera al que anda salticando, tal vez se crea muy vivo pero a mí me gusta porque caminan como jugando pero sin prestar demasiada atención. Iuc, tac tac tac tac shiuck tac tac tac tac shiuck tac tac tac tac shiuck hace el que acaba de pisar la mierda del perro que el tipo del edificio gris y beige ni en pedo saca de la calle porque él es un hombre de negocios y si tiene ese perro es sólo porque su hija estaba insoportable luego del juicio con la loca innombrable que se llevó la mitad de los bienes y para colmo le hizo comprar un perro “por el bien de la nena”, esas pelotudeces que dice su chiflólogo. Pero mirá la cola de esa pendeja, es un canto a la vida...

-Disculpá, ¿no me convidarías fuego?

-No, si no comprás algo, no.

-Ah... bueno.

Igual era el quiosco de la parada del colectivo.

Ahora el tipo que quiere caer muerto se sienta en el escalón de un edificio y mira sus pies: sus zapatillas de lona algo gastadas pero en buenas condiciones, el ruedo deshilachado del pantalón -y algo mojado-, el cordón se movió un poquito y se ven las marcas de donde había estado en forma de manchas negras diagonales todo al rededor del enroscado cordón. La zapatilla izquierda se está por desatar y con sus manos- Camina el portero del edificio hacia él y empieza a barrer, barre todo, y eso que ya estaba barrido, y cuando llega a él con un escobazo a su pierna izquierda lo hace levantar. Amablemente se queda parado para dejarlo trabajar y en el momento en que atina a querer sentarse nuevamente, sale el administrador del edificio, o un vecino muy aburrido, quién sabe,

-Ch, ch. Acá no mugroso. La mirada firme, agresiva, militarizada y ya entrenda para tratar con vagos arapientos como estos. La mirada pasiva, reprobadora, descontenta, desconcertada, resignada. Acá no hay con quién hablar.

El cordón desatado y el cordón enroscado emprenden el camino nuevamente pero lo arrugados que se pusieron al ver a esas dos patitas descalzas sucias y pequeñas resistir contra los zapatos de cuero negro y tres pasadas de cordón-ojal, con el entusiasmo del caballo que es obligado a correr en su día libre friccionaban esos piecesitos contra el baldozón que parecía lastimar en sus intersecciones y aún así los zapatos de cuero negro tieso lo hicieron avanzar a la carrera que no quería correr pero que va a correr igual, justo como esos dos pares que van ahí que vaya uno a saber a dónde van si es que van hacia algú lugar.

Disculpá, ¿te moesta si caigo muerto acá?

No, si a vos no te molesta que te acompañe mientras tanto.